El calor del fuego alcanza mi rostro a través de la ventanilla de un coche pequeño, anónimo, con ruedas lisas que conocen muy bien el camino de tierra roja. La pared de llamas se eleva, imponente, a más de cinco metros de altura y kilómetros de extensión, consumiendo la selva amazónica boliviana como es común en estos tiempos. En la playlist, una canción habla del “Caribe Sur”, evocando playas tranquilas y sin horarios, una cruel ironía mientras nos deslizamos por aquel infierno verde.
Una sandía en el baúl es la excusa perfecta para detenernos cerca de un arroyo y dejar de huir. Al bajar, se escuchan a lo lejos risas de niños. Los mayores pescan  y limpian peces sobre una roca, mientras los más pequeños se zambullen en el agua. Es un oasis aparentemente inalcanzable por las llamas de las que escapamos y ellos, ajenos al peligro, ríen sin saber del fuego, como así tampoco saben del mercurio oculto que contienen los peces que esa noche cenarán en la aldea. Mercurio que de forma silenciosa los está matando. Sería injusto hablar de eso a unos niños; en su lugar, compartimos con ellos la sandía.

Si algo tengo claro es que la leyenda de “El Dorado”, esa ciudad mítica de oro inagotable que los primeros conquistadores describieron en sus crónicas, es totalmente cierta. Estoy convencido de que existe, oculta en lo más profundo de la selva. ¿De qué otra forma se explica la incesante llegada de compañías chinas, colombianas y brasileñas, para extraer este metal precioso día y noche, llevándose consigo la selva y su brillo? Cuando alguien encuentra un tesoro de tal magnitud, no queda duda de que hará todo lo posible para mantenerlo en la sombra, tras los árboles, como leyendas susurradas por el viento, dejando tras de sí un rastro de codicia y tierra seca.​​​​​​​

Imagen aérea de la minería aurífera en la región de Mapiri, al norte de La Paz, en la Amazonía.

Pero, ¿de dónde proviene ese mercurio?. Para extraer oro es preciso aglutinarlo y aislarlo del resto de los materiales y para eso el mercurio es fundamental.Porque del modo más artesanal sería poco rentable para las grandes empresas.  Utilizado en ese proceso, gran parte va a parar al río y, al oxidarse, se introduce por las membranas de los peces para formar parte de su organismo. De allí a las redes de los hombres, hay un paso. Y de las redes al organismo de las personas, un paso más.
Las comunidades Ese Ejja, Mosetén,T’simánes, Tacana y Uchupiamona han habitado la Amazonía boliviana durante siglos, siendo de las más afectadas por este nuevo mal que amenaza su existencia. La gran mayoría ignoran qué es el mercurio y rara vez han visto una pepita de oro. Conocidas como "poblaciones del río" por su vocación pesquera, estas comunidades tienen un origen tradicionalmente nómada y su vida se ha caracterizado por pequeños asentamientos familiares itinerantes en forma de puertos. Ellos solían recorrer los ríos en busca de la mejor pesca, pero ahora se encuentran confinados en pequeñas demarcaciones designadas por el estado, a veces alejadas de sus principales fuentes de alimento, especialmente los peces que habitan los ríos Beni, Madre de Dios y sus afluentes, todos contaminados con altas concentraciones de mercurio.

Balbina Sossa de la comunidad Esse Eja sabe que los peces que sus nietos traen del río contienen mercurio, pero aún así los cocina para calmar el hambre de los pequeños.

En 2023, la aprobación de la "Ley del Oro" por el parlamento boliviano, facilitó la legalización de este metal tóxico en el país. A partir de esa fecha la fiebre del oro se disparó y al tiempo comenzó a crecer la  inquietud entre las comunidades indígenas, alarmadas por las repercusiones en su salud. Este auge ha aumentado la demanda de mercurio, convirtiendo a Bolivia en el mayor importador legal a nivel mundial de este metal líquido.
La mayor parte del oro extraído se exporta y sirve para saldar una deuda externa implacable que el gobierno tiene con China y Rusia, sus principales acreedores. Sin embargo, al mismo tiempo arrasa con culturas y biodiversidad, dejando cicatrices climáticas que no sanarán fácilmente. El  poco oro que queda en el país se negocia en ciudades como La Paz y El Alto, donde el metal líquido se utiliza para extraer el oro en bruto. Las chimeneas de zinc, como agujas envenenadas, se alzan por encima de los cientos de locales de la calle Tarapacá, esparciendo su veneno sobre los habitantes de la ciudad, quienes lo respiran desconociendo el precio que pagan por ese brillo fugaz.

Habitantes de la región de Teoponte, en la Amazonía boliviana, se reúnen para buscar algo de oro durante el breve lapso en que las empresas mineras rotan turnos. Son solo migajas que sobran del gran banquete dorado.


“Para producir una tonelada de oro, se emplean entre tres y cuatro toneladas de este metal tóxico. En 2015 Bolivia importó 151,5 toneladas de mercurio y es actualmente el principal importador legal de mercurio en el mundo”; lo explica Oscar Campanini, investigador en temas de medio ambiente y actual director del Centro de Documentación e Información Bolivia (Cedib), mientras caminamos por una de “las calles del oro”.  Hace tiempo que Oscar se dedica a investigar el impacto del mercurio sobre la salud de las poblaciones. Un estudio reciente liderado por el Cedib y la Universidad de  Cartagena en Colombia, arrojó en sus primeros resultados cifras alarmantes: de las 350 personas que han sido evaluadas —entre ellas indígenas Tacana y Uchipiamona— todas superan, en promedio, siete veces los límites permitidos en sangre según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Mientras transitamos esas calles, los mineros compran el mercurio sin restricciones, llevando consigo una herramienta de muerte silenciosa hacia la selva.

La etnia Mosetén, tradicionalmente dedicada a la pesca, enfrenta una realidad devastadora: la misma forma de vida que solía garantizar su sustento ahora los envenena lentamente.

Para entrar a esta región de la Amazonia Boliviana, tuvimos que dirigirnos a Rurrenabaque, puerto y umbral del Parque Nacional Madidi, un área protegida considerada la más biodiversa del mundo en cuanto a especies. El parque Nacional Madidi es un territorio de casi 19000 km2 cada vez más cercado por las actividades mineras. Cuando llegamos, se estaba llevando a cabo el XI Foro Social Panamazónico (FOSPA), un espacio para la articulación, acción y reflexión sobre temas socioambientales. Allí se escuchan las voces de algunas organizaciones no gubernamentales intentando poner en común problemáticas propias de la cuenca amazónica; una suerte de catarsis alrededor de los desafíos medioambientales que enfrenta este inmenso territorio, donde no faltaron los distintos talleres, mesas de reflexiones, aplausos, marchas y un sinfín de propuestas que seguramente volverán a tratarse en el próximo foro. Nada disímil a las conclusiones que deja cualquier cumbre climática a nivel global.
Rio arriba, apenas a un kilómetro de allí, en el poblado Eyiyo Quibo, Milton Gamez Moreno, de la comunidad Esse Ejja, rasguea su guitarra.  Las notas que se desprenden de las cuerdas, parecen ignorar las discusiones acaloradas del foro. Su comunidad, a pesar de ser una de las más afectadas por la minería, no fue invitada a participar. La prioridad de  su gente es sobrevivir, no hay tiempo para charlas o debates. Milton abre una hoja bien doblada y, con dificultad, descifra su diagnóstico: “Dicen que tengo 10.0 ppm de mercurio en sangre… No sé bien qué significa eso,” comenta con una sonrisa. De todos modos guarda el documento con un cuidado casi reverencial en su humilde casa de madera y hojas de palma, mientras lucha por avanzar en su silla de ruedas. En otro tiempo pasaba sus días en el río, pescando, pero hace mucho que sus piernas ya no lo sostienen y sus manos, en lugar de redes, ahora buscan acordes, tejiendo una melodía que se expande como un ligero bálsamo a las sombras de la miseria que envuelve a su comunidad.

Milton Gamez Moreno, quien antes se dedicaba a la pesca, ha visto cómo sus manos, que una vez lanzaban redes, ahora se posan sobre las cuerdas de su guitarra. En su cuerpo lleva una carga de 10.0 ppm de mercurio, como evidencia de la contaminación que afecta a la comunidad Ese Ejja en Eyiyoquibo.


Atado a una cuerda, un mono prisionero se tambalea de un lado a otro, como suplicando ayuda, mientras sus ojos nerviosos nos siguen al pasar. Wilson, un líder de la comunidad nos explica que, cuando no hay pesca, los monos capuchinos son un buen alimento para calmar el hambre.Después nos dirige hacia el río; quiere mostrarnos sus botes que yacen varados en la orilla desde hace varios días. El río ha cambiado su curso, encauzado por la optimización de la ruta de las dragas mineras. Los botes, incapaces de moverse libremente por el territorio como solían hacer para buscar pesca, deben esperar en esta porción de tierra asignada a que el río suba y les permita salir a pescar.​​​​​​​

Tres niños de la comunidad Esse Ejja observan atentos a un mono capuchino. Para ellos, el mono es más que una compañía pasajera: representa una tradición culinaria de la región y una fuente de alimento en tiempos de necesidad.

Al llegar, encontramos decenas de embarcaciones varadas, mientras los niños, que no se despegan de nosotros, saltan desnudos de una a otra, como si jugaran a que “el río es lava” y el cauce aún corriera bajo sus pies. “Aquí los niños nacen malitos, están como locos. Los dolores de cabeza y los vómitos son normales ahora en nuestra comunidad,” comenta el líder con un dejo de resignación. “Nosotros no sabemos qué es el mercurio, ni conocemos el oro, pero lo que están haciendo río arriba, sea lo que sea, nos está matando.” Lo paradójico es que los peces, de los que dependen para sobrevivir, al consumirlos, hacen que aumente el mercurio en su sangre;  un ciclo que los pone a todos en la misma red.
Solo un certificado puede confirmar la presencia de mercurio en sangre. Este mal es, al principio, invisible a los ojos. ¿Cómo fotografiar algo que no se ve? ¿Cómo mostrar lo que permanece oculto? A veces, no hay espacio para la ética documental, así que saqué de la mochila que use para cargar lentes un poco de pintura plateada y un pincel, con la esperanza de plasmar sobre sus torsos un número que represente las trazas de mercurio en su sangre. No solo se sumaron a la iniciativa, sino que lucieron esos números con orgullo, como si fueran los delanteros de un equipo de fútbol en un partido que se estaba perdiendo, pero que, tal vez, los hijos de sus hijos aún pudieran ganar.

Apolinar Ocampo, líder de la comunidad Esse Ejja, tiene 5 ppm de mercurio en su sangre. Sobre sus torsos lucen los números que reflejan la cantidad de mercurio en sangre de cada uno, resultado de los últimos estudios liderados por el Cedib y la Universidad de Cartagena. 

Líderes de la comunidad Esse Ejja en Eyiyoquibo descansan sobre un bote encallado en la orilla del río. Frente a ellos, unos niños los observan en silencio, como si vieran en ellos el reflejo de un destino que también los acecha.

La lluvia nos sorprende durante la entrevista y debemos correr a refugiarnos en una de las casas que albergan a las 40 familias que componen la comunidad. La abuela Balbina sonríe al ver que uno de sus nietos ha traído cinco peces, cada uno apenas del tamaño de la palma de una mano. “Abuela, tengo hambre”, se escucha decir a la niña mientras pasamos. Expreso mi impotencia a un miembro de la comunidad y él, con una serenidad antigua, me responde: “La tierra ha soportado millones de años catástrofes de todo tipo, ¿cree usted que no podrá vencer al capitalismo de alguna manera?”. Con ese augurio, dejamos la aldea.​​​​​​​

Balbina Sossa junto a sus nietos cocina unos pocos peces mientras los más chicos la observan con ojos llenos de expectativa. En ese momento, la urgencia por sobrevivir eclipsa la amenaza invisible.

Pero no todo es resignación. Nadie con mercurio en las venas puede ignorar esta lucha que se ha desatado desde hace mucho tiempo. Ruth Alipaz Cuqui, dirigente de la Coordinadora Nacional de Defensa de Territorios Indígenas Originarios Campesinos y Áreas Protegidas (Contiocap), lleva en su cuerpo una carga de 5.5 ppm de mercurio que serpentea por sus venas. Este veneno marca su salud, pero a la vez ha encendido su determinación. Fue ella quien solicitó ayuda al Centro de Documentación e Información de Bolivia (Cedib), buscando entender la magnitud de la amenaza que se cierne sobre su gente y sus tierras.
Ruth, defensora de territorios indígenas y derechos del medio ambiente en la Amazonia boliviana,  tampoco fue invitada al FOSPA. Nacida en el corazón del Madidi, en la remota comunidad de San José de Uchupiamonas, su identidad indígena es cuestionada. Para muchos, el haber estudiado, aprendido varios idiomas y forjado su vida en el extranjero parece haberle despojado de lo que algunos consideran ser hoy un auténtico indígena. En un mundo donde las raíces se entrelazan con la modernidad, Ruth desafía al statu quo y se enfrenta a la paradoja de ser vista como una figura extranjera en su propio hogar.

Shasta, la nieta de Balbina y una niña de la comunidad Esse Ejja en Eyiyoquibo, lleva un racimo de plátanos hacia la ciudad cercana para venderlos, buscando una forma de subsistir y ayudar a sus hermanitos en estos tiempos difíciles.

El mercurio le está jugando una mala pasada y la salud de Ruth es cada vez más delicada. Pero ella no está sola; hay otros que comienzan a alzar sus voces, resonando por encima del estruendo de las máquinas que amenazan su territorio. La fortaleza de Ruth debe provenir de esa daga que pende sobre su cabeza, un dolor que no la deja en paz y que la impulsa a formar y encauzar su propia lucha, pero también la de otras mujeres a las que ha inspirado dentro de su comunidad.
Cada mes, en la aldea, un grupo de madres, hijas y abuelas se reúnen con Ruth para evaluar los avances. Han conseguido la personería jurídica, sus proyectos para llevar agua a la comunidad ya han obtenido los primeros fondos y se empiezan a ver algunos resultados. Sin embargo, los ríos de la cuenca han comenzado a secarse drásticamente y, como lo hace cada líder comunitario, nos invita a ser testigos de esta transformación. Ruth nos conduce hacia el río, como si nos llevara a conocer a un viejo miembro de la familia que está enfermo y agoniza. Cruzamos por la amplia orilla mientras reflexiona: "Nosotros, que hemos crecido en este río, extrayendo nuestro alimento de sus peces, no entendemos por qué debemos perderlo todo por oro. La extracción de oro, impulsada por la avaricia global y la falsa promesa de una transición energética, sigue destruyendo nuestros territorios. Al final, somos nosotros quienes estamos pagando con nuestra vida esta promesa de cambio". Caminamos hasta llegar a un bote que flota sobre rocas. Allí se sienta Ruth en silencio mientras le tomo unas fotografías. No logro retratar sus pensamientos, pero esa mirada la conozco y sé bien lo que significa: “¡Vamos!, no hay  tiempo para fotos”.

Ruth Alipaz Cuqui, líder de la Coordinadora Nacional de Defensa de Territorios Indígenas, reflexiona en un bote sobre un río casi seco.

Para ser testigos de la raíz de este flagelo, debíamos adentrarnos dos días, río arriba, navegando por los caudalosos ríos Beni y Tipuani hacia Mayaya, uno de los tantos focos mineros que asfixian el Parque Nacional Madidi. Hacerlo por nuestra cuenta sería más que arriesgado. Esa mañana, Eber, quien ha vivido en un bote desde los 13 años, nos recibió con una expresión calma  sobre el "Poseidón" ya amarrado y listo para zarpar. Waldo, un guía entrañable que conoce cada rincón de la selva y que llegó tarde tras olvidar el hielo para refrescos, estuvo listo para la aventura con su pequeño bolso. Así, comenzamos un viaje de una semana por ríos y rutas que, como tantas historias, no figuran en los mapas.
La minería trajo consigo un fenómeno alarmante: los ríos, antes mansos guardianes, han comenzado a inquietarse. Su curso cambiante ahora hace que se revuelvan como bestias hambrientas,  devorando las costas y redibujando la hidrografía. Nos detenemos en la comunidad de Asunción de Quiquibey sobre costas que ostentan las heridas abiertas de un pueblo a la espera de ser comido. Al bajar, escuchamos estruendos sobre el agua: bloques de tierra se desprendían del poblado, como un glaciar afectado por el cambio climático. El río ya había reclamado la canchita de fútbol, y a pocos metros, frente a la escuela, los alumnos formaban filas y entonaron su himno desafiando al viento abrasador del mediodía. A pocos metros de allí, Yolanda Chita, una mujer Mosetén con la serenidad de quien ha visto demasiado, cruza los hilos de su telar, ante un destino que ya pasaba a formar parte del entramado de su comunidad. Sabe que tiene 4.3 ppm de mercurio en su sangre, pero lo que más le preocupa es el futuro de sus hijos: “Quiero que estudien, que se preparen ... porque la selva, antes refugio, ahora se ha vuelto inhóspita. La pesca y los cultivos no alcanzan”, nos cuenta. El río, como un desconocido, está arrasando a su pueblo. Quizás lo poco que quede sean esos telares, testigos de su resistencia y seguramente exhibidos en un museo en La Paz cuando ya el agua encuentre la calma.

Yolanda Chita Vies, integrante de la comunidad Mosetenes en Asunción del Quiquibey, sostiene los resultados de su análisis de mercurio, que indican 4.3 ppm.

Al terminar nuestro almuerzo de arroz, plátano y pollo, una familia nos recibe al borde del nuevo acantilado que el río está formando. La palangana repleta de peces es el orgullo de Ermindo. Él sabe que ese platillo aumentará los 9.7 ppm de mercurio que le diagnosticaron allá por 2019 y que, al mismo tiempo, desgasta la salud de su pequeña hija. Mientras conversamos sobre los nuevos flagelos que azotan a su comunidad, la niña, ajena a nuestro diálogo, se concentra en su pupitre, a tan solo 50 metros. Mientras el río continua engullendo a su pueblo, los maestros, firmes en sus puestos, son marineros en la cubierta de un pueblo a la deriva.​​​​​​​

Ermindo Vies Gutiérrez vive en la comunidad de Asunción del Quiquibey, y no son los 9.7 ppm de mercurio en su sangre lo que más le preocupa, sino la salud de su hija, quien también está siendo afectada por este veneno que las grandes compañías vierten al río.

La tarde se nos escapa mientras Eber y Waldo comienzan a inquietarse; el sol baja rápido y el río, por la noche, no es buen guía. Debemos encontrar una costa segura para pasar la noche. Luego de un par de horas y ya sobre el filo de la noche, damos con una posta de guardaparques. Allí nos permiten acampar y eso nos brinda algo de tranquilidad. Brindamos por la buena jornada bajo la mirada de las estrellas y al arrullo de los sonidos de la selva, sabiendo que los jaguares no nos atacarán ya que, según los guías, están entretenidos durante la época de apareamiento. Por las dudas, esa noche trato de mantenerme lo más cerca posible del campamento.
El día nos encuentra en el bote, camino a Mayaya. Desayunamos en un recodo tranquilo y, desde allí, cruzamos la frontera invisible que protege al Parque Nacional Madidi, adentrándonos en un territorio donde el oro dicta las reglas y la selva obedece. Los primeros buscadores de oro comienzan a poblar la costa: familias de comunidades nativas y habitantes de la región que ven en esta búsqueda un medio de subsistencia. Su estilo de vida, al igual que los ríos, se ve alterado debido al avance de la deforestación para la cría de ganado y la siembra de palma, a lo que se suma la incursión de las máquinas. Pasan sus días extrayendo el poco oro que las grandes compañías auríferas dejan escapar de sus garras de acero.
Al acercarnos con nuestro bote, los trabajadores de estas dragas muestran caras tensas; nos miran con desconfianza y recelo. Al igual que nos pasa a nosotros con los jejenes, unas mosquitas típicas de la zona y muy urticantes , ellos también nos prefieren lejos. Los llamados por radio, controles de identidad e impedimentos se multiplican; nos intiman a bajar los trípodes y a apagar las cámaras.
Robamos un par de imágenes, suficientes para ilustrar el reportaje, pero no contentos con eso, le pedimos a Waldo que nos acerque a alguna otra draga. Él, más escéptico, nos dice que sería imposible que nos reciban en esas plataformas flotantes, ya que no son bien vistas por la opinión pública. Waldo no sabe de mi terquedad, que es casi igual a la de los jejenes empeñados con nuestras espaldas. Se sorprende cuando, en una de esas fábricas flotantes, un ciudadano chino nos invita a pasar y hasta nos recibe con refrescos y sonrisas en medio de una tarde de calor infernal.
Al abordar, su único empleado de origen boliviano, nos guia por la draga, mostrándonos el proceso y permitiéndonos documentar el uso del mercurio. Mientras, el capitán comparte algunas fotos familiares de la lejana china y nos confiesa, con su escaso español, que llevan un mes sin operar debido a la rotura de una polea. Ni él, ni tampoco el marinero, parecen ser conscientes de las consecuencias de sus acciones; solo quieren trabajar, ganar su sueldo y enviarlo a sus familias, que esperan por ellos más allá del horizonte verde. Nos despedimos con alegría y unos cigarrillos en señal de paz, retomando nuestra ruta río arriba y dejando atrás esa pequeña tregua en medio de una batalla por crear conciencia.
Algunas cooperativas bolivianas han logrado un acuerdo en Teoponte y Tomachi. Solo durante tres horas al día, repartidas durante el breve descanso o cambio de guardia,   permiten que los habitantes y miembros de las comunidades desciendan a unas de las fosas que cavan las grandes mineras extranjeras, para raspar algo de oro del fondo de la olla. Son migajas, las sobras que las grandes empresas dejan caer de su banquete. Nos dirigimos hacia ese escenario, después de despedirnos de Eber y su bote, el "Poseidón," que nos ha guiado como un Caronte en las aguas cada vez más oscuras hasta Mayaya. Desde allí, seguimos en auto hasta esa zona río arriba.

Una buscadora revitaliza a su compañero durante las extenuantes horas de búsqueda en una de las numerosas fosas que ahora salpican el paisaje de los ríos amazónicos en la región de Mapiri.

En Teoponte teníamos un refugio: la casa familiar de Waldo, donde él se había criado. Permanecía intacta desde la muerte de su padre y Waldo aún no se atrevía a cerrar ese duelo. Cada uno elije un lugar, ya fuera el suelo o alguna de las camas cubiertas por una capa de polvo ancestral. Rápidamente nos ponemos a lavar, ordenar y llenar de música ese espacio que nos servirá de base para los días venideros.
El objetivo es poder acceder a la mina, más precisamente uno de los grandes pozos de donde se extrae el oro, y llegar hasta allí para documentar ese proceso. Sabemos que no es tan sencillo como tocar una puerta y entrar; tampoco nos recibirán con refrescos y cigarrillos. Waldo da comienzo a su trabajo minucioso, hablando con líderes de la comunidad y algunos cooperativistas, para explicar que solo queríamos tomar unas imágenes de la extracción de oro, sin involucrarnos en disputas internas ni conflictos locales por territorio. Una vez aclarado esto, al final de la noche recibimos luz verde para cruzar el río y acceder a la fosa.
A la mañana, luego de unos mates, nos dirigimos al lugar. Un bote nos hace cruzar el río Kaká. Improvisados campamentos se multiplican a medida que nos acercamos a la inmensa cantera, un agujero colosal en medio de la selva que contiene un tesoro para algunos y esperanza para otros. A nuestro paso, los buscadores se esconden en sus tiendas precarias de palos y lonas. Una familia prepara su desayuno y, en otra carpa, una niña juega con un mono domesticado. Ellos vienen a pasar algunos días en la minera y, con suerte, sacar 100 pesos bolivianos diarios, unos 14 dólares: dos para el cruce en balsa de ida, dos para el de vuelta, les quedan 10 dólares... y todo eso, si es que logran encontrar algo de oro.

En una carrera frenética, los barranquilleros se lanzan a buscar los mejores lugares en las fosas que las grandes empresas mineras han excavado para la extracción de oro. Solo tienen una hora antes del cambio de turno para intentar obtener algunos gramos del preciado metal.

Tienen que esperar hasta el cambio de turno, cuando se les permite entrar en estampida para recolectar, entre el barro y las máquinas, el preciado metal. Esa primera mañana acompañamos a quienes buscan desesperadamente un golpe de suerte. Bajan corriendo sin medir riesgos, y en pocos segundos ya están hundidos hasta el cuello, trabajando en equipos de dos o tres. Yo tengo dos cámaras: una para filmar y otra para fotos, pero no alcanzan para capturar todo lo que estoy viendo. Ninguno de los que está sumergido se siente orgulloso de ser retratado en ese contexto; es un acto íntimo y desesperado. Desde el borde, logro captar algo de todo aquello. El momento es breve y pronto las máquinas, con sus brazos metálicos, retoman su danza robótica, echándolos como moscas.

Luego de una hora, las máquinas reanudan su actividad, forzando a los pequeños pobladores a abandonar la fosa. Estas excavadoras operan sin descanso, día y noche, en la extracción de oro.

Siento que había sido testigo de algo fuerte, pero sin poder lograr conectarme del todo con esta realidad. Mis imágenes son correctas pero distantes. Por la tarde, y en contra de las advertencias de nuestro guía, me pongo unos pantalones cortos y una remera. Estoy decidido a sumergirme con ellos. La situación se repite: la horda se precipita corriendo a tomar posesión de la fosa.
Ese turno es como un bautismo. Me quito la remera y respiro profundo el hedor tóxico antes de sumergirme del todo entre manos, palas y barro. Permanezco allí, con mi cámara. Ahora puedo percibir las texturas bajo el agua, sentir cómo la roca cede y el lodo transita entre mis dedos, mientras el olor a azufre en descomposición se adhiere a mi piel. A diferencia de aquella mañana, los mismos que antes me evitaban, ahora me ayudan a no caer o ser aplastado por las toneladas de piedras que la garra de un monstruo de acero manejado por un sonriente colombiano deja caer a escasos metros nuestros.
Cuando el caos se multiplica, busco rostros  con los que empatizar; intento conectar y así poder tomar una imagen. Un buscador me mira por un segundo antes de sumergirse en el agua oscura, compartiendo una sonrisa que dice lo que las palabras no pueden: ambos estamos cazando algo valioso, aunque nuestras presas son distintas. Esa es la señal para empezar a documentar.

Algunos arriesgan su vida sumergiéndose en estas prácticas peligrosas, con la esperanza de encontrar una pequeña veta dorada.

Habrá pasado quizás una hora y media - pero para mi fueron 10 segundos solamente -cuando siento el peso del barro en mis piernas, la resistencia del agua en cada paso. A pesar de que mi búsqueda es diferente a la de los buscadores, el agotamiento y la esperanza son los mismos. Al salir del pozo, uno de los hombres me toma del brazo cuando tropiezo en el barro y en ese breve contacto se borran las diferencias entre nosotros. En ese ritual desesperado, dejamos de ser "observador" y "observado"; somos dos hombres que buscan algo en el barro.
Al salir, una nube de mosquitas nos recibe a todos por igual, dejándonos con picaduras en la espalda. Mis sentidos, que ya estaban exigidos al máximo, se alertan a la par en que esos dinosaurios de metal comienzan a avanzar, uno de cada lado, para sacarnos del lugar.
Nos cuentan que en Mapiri la situación es aún peor. Nos dirigimos allí en un rally nocturno de seis horas por caminos sinuosos con un chofer que no dejaba de mascar hojas de coca y beber cerveza, pues, dice, es viernes de ofrenda. Yo le robé algunas latas, creyendo que así podría reducir la cantidad de cerveza que había comprado para el viaje, pero fue inútil. A las tres horas, en aquel auto, zigzagueando sobre acantilados, todo eran plegarias y suspiros sobre cada curva.

Al borde de una plantación de cacao, un hombre que antes se dedicaba a la cosecha ahora espera junto al barranco, vigilante del momento en que las máquinas se detengan, para intentar su suerte y extraer algo de oro. 

Al amanecer, recorremos Mapiri. La sensación al ver ese paisaje es la de haber llegado tarde al final de una fiesta, de esas que se recuerdan por partes y con dolores de cabeza. El río, antes vibrante y bullicioso como las risas y el eco de la música, ahora se desdibuja en un sinfín de cauces silenciosos. Ahora suena como un montón de botellas vacías y vasos rotos, testigos de una locura que dejó todo destrozado. Esa imagen nos despidió en silencio, dejando una marca que se adhería no solo al calzado, sino también al alma.
En el largo camino de regreso mis pensamientos eran banales: solo quería alcanzar una ducha caliente, abrazar a mi familia y contarle que ante el horror solo teníamos unas cuantas fotos e imágenes.  Cráteres gigantes rodeados de máquinas que trabajan sin descanso, día y noche, moviendo tierra y árboles como si la selva fuera un simple obstáculo, quedaban atrás.  El aire huele a metal y a algo irreparable. Sí, había muchos rostros: chinos, colombianos y brasileros, pero buscar culpables y banderas, es inútil; la codicia, la naturaleza misma del hombre, la urgencia por llegar a la meta, por alcanzar el oro, la plata,  el bronce, van construyendo nuestro podio erigido sobre cultura y sangre.
Buenos Aires, Septiembre de 2024
Texto y Fotos: Nico Muñoz - El Mano
Producción: Juliette Igier - Les Nouveau Jours 
Asistente de Dirección: Joaquin Zaldivar 
Guia Amazônico: Waldo
Guia Lacustre: Eber




Agradecimientos 
A Sony Latinoamérica por bancar el equipo fotográfico en especial a Angelo, Patricia y Mariano.
A Alex por alojarnos en la casa de sus padres y asu familia hermosa.
A Moises, Eugenio, que nos aconsejaron bien para que no nos metamos en problemas.
Gracias!

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