

Imagen aérea de la minería aurífera en la región de Mapiri, al norte de La Paz, en la Amazonía.

Balbina Sossa de la comunidad Esse Eja sabe que los peces que sus nietos traen del río contienen mercurio, pero aún así los cocina para calmar el hambre de los pequeños.

Habitantes de la región de Teoponte, en la Amazonía boliviana, se reúnen para buscar algo de oro durante el breve lapso en que las empresas mineras rotan turnos. Son solo migajas que sobran del gran banquete dorado.

La etnia Mosetén, tradicionalmente dedicada a la pesca, enfrenta una realidad devastadora: la misma forma de vida que solía garantizar su sustento ahora los envenena lentamente.

Milton Gamez Moreno, quien antes se dedicaba a la pesca, ha visto cómo sus manos, que una vez lanzaban redes, ahora se posan sobre las cuerdas de su guitarra. En su cuerpo lleva una carga de 10.0 ppm de mercurio, como evidencia de la contaminación que afecta a la comunidad Ese Ejja en Eyiyoquibo.

Tres niños de la comunidad Esse Ejja observan atentos a un mono capuchino. Para ellos, el mono es más que una compañía pasajera: representa una tradición culinaria de la región y una fuente de alimento en tiempos de necesidad.

Apolinar Ocampo, líder de la comunidad Esse Ejja, tiene 5 ppm de mercurio en su sangre. Sobre sus torsos lucen los números que reflejan la cantidad de mercurio en sangre de cada uno, resultado de los últimos estudios liderados por el Cedib y la Universidad de Cartagena.

Líderes de la comunidad Esse Ejja en Eyiyoquibo descansan sobre un bote encallado en la orilla del río. Frente a ellos, unos niños los observan en silencio, como si vieran en ellos el reflejo de un destino que también los acecha.

Balbina Sossa junto a sus nietos cocina unos pocos peces mientras los más chicos la observan con ojos llenos de expectativa. En ese momento, la urgencia por sobrevivir eclipsa la amenaza invisible.

Shasta, la nieta de Balbina y una niña de la comunidad Esse Ejja en Eyiyoquibo, lleva un racimo de plátanos hacia la ciudad cercana para venderlos, buscando una forma de subsistir y ayudar a sus hermanitos en estos tiempos difíciles.

Ruth Alipaz Cuqui, líder de la Coordinadora Nacional de Defensa de Territorios Indígenas, reflexiona en un bote sobre un río casi seco.

Yolanda Chita Vies, integrante de la comunidad Mosetenes en Asunción del Quiquibey, sostiene los resultados de su análisis de mercurio, que indican 4.3 ppm.

Ermindo Vies Gutiérrez vive en la comunidad de Asunción del Quiquibey, y no son los 9.7 ppm de mercurio en su sangre lo que más le preocupa, sino la salud de su hija, quien también está siendo afectada por este veneno que las grandes compañías vierten al río.


Una buscadora revitaliza a su compañero durante las extenuantes horas de búsqueda en una de las numerosas fosas que ahora salpican el paisaje de los ríos amazónicos en la región de Mapiri.

En una carrera frenética, los barranquilleros se lanzan a buscar los mejores lugares en las fosas que las grandes empresas mineras han excavado para la extracción de oro. Solo tienen una hora antes del cambio de turno para intentar obtener algunos gramos del preciado metal.

Luego de una hora, las máquinas reanudan su actividad, forzando a los pequeños pobladores a abandonar la fosa. Estas excavadoras operan sin descanso, día y noche, en la extracción de oro.

Algunos arriesgan su vida sumergiéndose en estas prácticas peligrosas, con la esperanza de encontrar una pequeña veta dorada.

Al borde de una plantación de cacao, un hombre que antes se dedicaba a la cosecha ahora espera junto al barranco, vigilante del momento en que las máquinas se detengan, para intentar su suerte y extraer algo de oro.



